Karangasem y Candidasa: nuestra experiencia por el Bali rural entre ceremonias, fiestas locales y trekking

Si buscas vivir un Bali auténtico y rural, alejado del turismo masivo de Ubud, Canggu o Seminyak, Bungaya y sus alrededores son una joya escondida en la regencia de Karangasem. Aquí no encontrarás resorts de lujo ni playas abarrotadas, sino pueblos tradicionales, arrozales infinitos, templos vivos y fiestas locales que te harán sentir parte de la isla. Te contamos nuestra experiencia completa: desde dormir en un bungalow de bambú entre arrozales hasta acabar en una ceremonia balinesa real y en las batallas de cactus de Tenganan.

Un Bungalow entre arrozales en medio del Bali rural

Vistas de arrozales de Bali
Vistas de arrozales que nos rodeaban, con el monte Agung, el volcán más sagrado de Bali, escondido tras las nubes.

Después de Amed pusimos rumbo a un homestay que parecía estar lejos de todo (y así fue al final). Viajar por Bali a veces significa encontrarte con lugares remotos, y este fue uno de ellos. Tras negociar con varios taxistas y conseguir el mejor precio (a mí, Ester, me encanta el regateo), logramos un taxi que nos dejó en una casa en medio de una carretera… ¿secundaria? Yo diría que era más bien terciaria, jeje.

Al llegar, nos recibió un cachorro precioso y juguetón y un señor bajito, Sandi, y con su hijo, Sandikara. Para nuestra sorpresa, ninguno de los dos se llamaba Wayan (en Bali los nombres dependen del orden de nacimiento: primero, segundo, tercero y cuarto, y el quinto se vuelve a llamar primero). 

Sandi nos dio la llave de nuestra habitación: un bungalow de bambú con un baño exterior de piedra alucinante. La casa estaba en medio de arrozales, rodeada de verde y silencio, un lugar de esos que parecen diseñados para desconectar… aunque, eso sí, quedaba “a tomar viento” de todo lo demás.

La búsqueda de la moto en el Bali rural (Spoiler: no hubo moto)

Vista de una carretera en Bali
Alguna de las carreteras terciarias que pasamos en nuestra búsqueda de moto por el Bali rural.

Era mediodía y no teníamos vehículo, así que decidimos acercarnos al pueblo más cercano a buscar una moto de alquiler. En nuestra cabeza (y en Google Maps) era un paseo de dos horas. Salimos a las 13 h… y volvimos a las 22 h, sin moto.

Si vas a buscar un lugar remoto en Bali, asegúrate de tener el transporte apalabrado desde antes, porque allí no había ni Gojek.

Estuvimos diez horas caminando entre arrozales, templos y caminos perdidos, en las que no vimos ni un solo turista pero descubrimos una ciudad llena de vida local y unos paisajes de postal del Gunung Agung, el volcán más sagrado de Bali,que se mostraba y se escondía detrás de las nubes como si jugara al escondite con nosotros.

Trekking, niños guías, paisajes del Gunung Agung y la playa más bonita de Bali

Imagen de un camino en un bosque de bambú con un cartel de peligro.
Alguno de los caminos incorrectos que pasamos de camino a Candidasa.

Al día siguiente lo volvimos a intentar, esta vez hacia la costa, a Candidasa, a dos horas andando. Candidasa es uno de los pueblos costeros más tranquilos del este de Bali, perfecto para los que buscan playas menos turísticas.

El camino en Google Maps parecía fácil (sí, otra vez lo parecía), pero nos llevó por senderos que desaparecían de repente, hasta que una niña de unos siete años y su hermanito se ofrecieron a mostrarnos la bajada montaña abajo. A día de hoy, cuatro meses después, sigo pensando que fueron los mejores guías que hemos podido tener en todo el viaje. 

Por el camino encontramos una casa en medio de la montaña con la música a toda hostia y, después de otra hora caminando, llegamos a un pueblo. Era un pueblo muy diferente, las casas y la forma eran “especiales”, no se parecían en nada a los que habíamos visto hasta entonces en Bali. Allí había un mercado y Marc probó por primera vez el baby crab (kepiting) frito, y juró que era de lo mejor que había comido hasta entonces.

Los lugareños nos explicaron que justo ese fin de semana había una fiesta y que no nos la podíamos perder. Después de llenar el estómago (cuando llevábamos más de tres horas andando, una más de lo que decía nuestro querido Google Maps) y casi llegando, un hombre nos prometió llevarnos a por motos de alquiler. Subimos, confiados (sí, los tres en la misma moto, al estilo balinés) y al llegar… no había moto. Eso sí, nos pidió dinero por el transporte.

El plan de “vamos a hacerlo andando” se convirtió en “nos ha salido más caro el taxi de dos minutos que si lo hubiésemos cogido en el homestay, pero con sonrisa”. Eso sí, gracias a él descubrimos una playa escondida preciosa de arena blanca y, después de una horita más andando, por fin conseguimos nuestra ansiada moto (menos mal, porque si habíamos tardado casi cuatro horas en bajar, no me quiero imaginar lo que hubiésemos tardado en subir).

La playa más bonita de Candidasa
La playa escondida más bonita de Candidasa.

Ceremonias balinesas en la aldea de Bungaya

iMAGEN DE UN JOVEN PROTEGIENDO LAS OFRENDAS EN UNA CEREMONIA BALINESA
El presidente protegiendo las ofrendas en la ceremonia balinesa.

A la mañana siguiente, Sandi nos dijo que ese fin de semana había una ceremonia en el templo del pueblo. No dudamos ni un segundo: era una ceremonia real balinesa y no nos la íbamos a perder. El ambiente se respiraba en el pueblo, todo el mundo iba vestido de gala, hasta la policía, y nosotros también nos vestimos con los trajes tradicionales al completo (cortesía de Sandi). Ahí confirmamos que el sarong te puede quedar bien… o hacerte parecer una butifarra.

Acompañados de Sandi, entramos al templo y vivimos las ceremonias y los bailes entre colores, incienso y música. El pueblo estaba lleno de vida: las mujeres llevaban grandes cestas de fruta en la cabeza, los bailes parecían conectarlos directamente con lo divino, todos los altares estaban repletos de ofrendas, la música del gamelán ambientaba cada rincón y los pemangku (sacerdotes) bendecían a una cola interminable de personas de todas las edades.


Un soltero y un sacerdote hablando durante la ceremonia balinesa.


Esos días, Sandikara y todos los solteros del pueblo tenían un papel especial. Nos explicó que cada cierto tiempo (nunca saben cuándo, lo determinan los sacerdotes al inicio de la ceremonia), puede durar hasta diez días. Y durante esos días, los solteros apenas duermen y están pendientes de todo lo necesario para que la ceremonia funcione. Por suerte para ellos, esta vez solo duró tres días.

Para los balineses, las ceremonias forman parte de su día a día, y tanto los jóvenes como los mayores se unen antes, durante y después para que todo sea perfecto. Para nosotros, estar en esa ceremonia tan real, tan fuera de lo turístico, fue uno de esos instantes mágicos en los que sientes que el viaje no lo planeas tú: el viaje te planea a ti.

Perang Pandan en Tenganan: las batallas de cactus más impactantes de Bali

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Dos guerreros en plena batalla de Perang Pandan, en Tengalan.

Al día siguiente, no habíamos olvidado lo que nos habían dicho en el pueblo por el que pasamos en nuestro trekking guiado por niños: ese fin de semana había una fiesta. Y como nos gusta más una fiesta que una buena tortilla de patatas, no dudamos ni un segundo en ir.

Tenganan es un pueblo (en realidad son dos pueblos vecinos) conocido como uno de los pueblos Bali Aga, los balineses originarios antes de la llegada del hinduismo: los habitantes conservan una cultura y tradiciones únicas y, para preservarlas, solo pueden casarse con alguien del mismo pueblo. Si no lo cumplen, dejan de ser considerados habitantes del pueblo. 

Al llegar, vimos que la mayoría de la gente iba en procesión, con una especie de gritos de guerra. No podíamos imaginar lo que veríamos más tarde.

Había un escenario en medio del pueblo y, al acabar la procesión, todos los visitantes se agruparon alrededor de él. Después de casi una hora esperando bajo la solana, los habitantes se posicionaron alrededor y, con el sonido del gamelán de fondo, empezaron las batallas de cactus (Perang Pandan).

Todos los hombres del pueblo pasaron por ese escenario, desde niños hasta ancianos, y se libraron en batallas muy breves pero intensas con armas hechas de pandan espinoso. Estas batallas se celebran una vez al año en honor a Indra, el dios de la guerra, y el objetivo es la purificación, aunque para nuestra mentalidad occidental fuese algo muy impactante.

Aquello no era un espectáculo para turistas, era su vida, su tradición, y nosotros unos privilegiados de poder asomarnos a ella.

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Las chicas de Tengalan esperando a que empiece el Perang Pandan.

Fiestas en Karangasem: música, comida callejera y un concierto pop balinés

Imagen del desayuno típico balinés
Pongo esta imagen del desayuno típico balinés porque no hay pruebas audiovisuales de la fiesta.

La suerte estaba de nuestro lado y, para coronarlo, coincidimos con las fiestas de la creación de Karangasem, el pueblo al que llegamos el primer día en nuestra búsqueda fallida de la moto. Y nosotros no íbamos a perdérnoslas.

Al caer la noche, un parque central se había convertido en un macroescenario y el alrededor en un mercado de comida que nos hizo sentir como dos bolas andantes después de probar todos y cada uno de los puestos. Para bajar esa cantidad de comida, nos metimos entre la multitud que coreaba las canciones del que parecía el cantante pop de moda. Nosotros, los únicos bulé, bailando como si supiéramos la letra.

Dentro del concierto había lo que en España llamaríamos “el señor de la birra”, pero repartiendo té y refrescos para que no te perdieras ni un segundo.

Al acabar, al contrario de lo que estábamos acostumbrados, no había seguridad que desalojara el recinto. Ese papel lo cumplieron dos presentadores, muy predispuestos a echar a la gente por puro aburrimiento: empezaron a repetir en bucle “Terima kasih, terima kasih, terima kasih…” hasta que el recinto quedó vacío.

Parada en Sanur: arak verde radiactivo y una noche curiosa

Marc con el "platito" de pollo y el arak radiactivo.
Marc con el "platito" de pollo y el arak radiactivo.

Después de cinco días muy completitos en el Bali rural, finalmente decidimos dejar Bungaya, no sin pena por lo bien que lo habíamos pasado.

Antes de coger el vuelo a nuestro próximo destino, hicimos una parada en Sanur. Sanur es un pueblo costero, famoso por el puerto que conecta con las Gili o Nusa Penida, suele ser una parada habitual para mochileros y, según nos contaron era lo más tranquilo del sur de Bali.

Conseguimos una habitación barata (bastante sospechosa de ser más un picadero que un hotel) para pasar la noche y fuimos a dar un paseo.

Después de que nos cayera un chaparrón y tener que pasar varios charcos por las rodillas, caminamos por la playa, cenamos en un mercado local donde un señor batía los zumos con un taladro (literal) y encontramos un bar lleno de balineses donde todos bebían algo verde fosforito (como las imágenes de la central nuclear de los Simpson) y comían platos gigantes de pollo con salsa.

Y nosotros no íbamos a perder la oportunidad de beber algo verde radioactivo. Era dulce y sabroso, y nos dijeron que era arak de pandan. Sí, arak, la bebida alcohólica que descubrimos en Amed y pandan, el cactus con el que se hacían heridas los de Tenganan. Así que ya os podéis imaginar cómo acabó la noche (pista, andamos 2 horas hasta encontrar el hotel-picadero, que estaba a 20 minutos).

El vuelo de la resaca: rumbo al próximo destino

arrozales de Bali

Al día siguiente teníamos que coger un vuelo hasta nuestro siguiente destino. Pero la noche anterior fue más que intensa. Así que, con un poco de dolor de cabeza, tres litros de agua y un gran nasi goreng, cogimos un Gojek hasta el aeropuerto de Denpasar.

Estos días en el Bali rural nos demostraron que aun puede ser imprevisible, auténtico y mágico. Aquí no hay rutas marcadas ni experiencias prefabricadas: lo que vives depende de dejarte llevar por el ritmo de la isla. Y si quieres saber a dónde volamos después… no te pierdas el próximo post.

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