Viajar a Bali por libre: nuestra ruta mochilera de Ubud a Amed
✈️ Llegada a Bali: primeras sensaciones y consejos prácticos
Nuestra primera parada en este viaje sin billete de vuelta fue Bali, esa isla soñada por tantos expats y amantes de Instagram. Antes de llegar, todo el mundo nos advirtió: “Bali es superturístico, no os va a gustar, todo es postureo”. Y sí, seguramente ese Bali existe, pero no fue el que encontramos nosotros. No pisamos ningún beach club de Canggu ni de Uluwatu, tampoco hicimos cola en Pura Besakih ni nos sacamos la famosa foto en Pura Lempuyang. En cambio, descubrimos un Bali distinto: una isla llena de calma y misticismo, con fondos marinos espectaculares, carreteras perfectas para perderse en moto y una comida increíblemente buena.
Nuestra llegada al aeropuerto fue sorprendentemente fluida, en parte porque ya habíamos hecho online todos los trámites necesarios para entrar en Indonesia. Apenas dimos el primer paso fuera, nos envolvió el clima cálido y húmedo, el aroma a incienso y un cartel que pedía respeto hacia todas las religiones, costumbres y la cultura local. En ese instante sentimos que Bali iba a ser mucho más de lo que tanta gente nos había contado. Con el taxi que habíamos reservado previamente (os recomendamos hacerlo a través de Booking: casi siempre resulta más barato que negociar en el momento o usar las apps locales) nos dirigimos al único homestay que teníamos reservado en todo este viaje sin billete de vuelta.
🌾 Ubud: entre arrozales, templos y nuestra primera moto en Asia
Tras dos horas sorteando el caótico y estresante tráfico, y entre mil preguntas a nuestro taxista javanés (bendito Google Traductor), llegamos por fin a Ubud, el corazón de Bali. Sí, es cierto que Ubud es el lugar más turístico en el que estuvimos, pero también es una parada imprescindible para entender la esencia de la isla: un lugar donde la tradición convive con la modernidad y donde las ofrendas a los dioses aparecen incluso en la mesa del café más hipster.
En Ubud pasamos tres noches en las que descubrimos arrozales, visitamos templos y disfrutamos de una comida deliciosa. Allí probamos por primera vez el nasi goreng (sin imaginar que acabaría siendo nuestro plato de cabecera durante el mes y medio que recorrimos Indonesia) y el nasi campur. También vivimos otra primera vez: nos subimos a nuestra primera moto en el sudeste asiático. No os voy a engañar, la experiencia fue cuanto menos trepidante. Para empezar, en Indonesia se conduce por la izquierda, los semáforos brillan por su ausencia (y cuando los hay, nadie parece prestarles atención) y las prioridades se reducen a un simple “yo te esquivo, tú me esquivas”.
Y fue precisamente en aquella primera salida en moto donde apareció la magia: nos perdimos entre pueblos que rara vez aparecen en los blogs y, como en cada rincón de Bali hay un templo (prácticamente en cada edificio), fuimos encontrando templos preciosos y desconocidos, cascadas donde estábamos prácticamente solos y arrozales auténticos, sin columpios ni escenarios preparados para la foto.

🐠 Amed, el paraíso del buceo en Bali
Después de recorrer los alrededores de Ubud, sentíamos que era momento de cambiar de escenario: dejar atrás la selva y los arrozales para ir en busca del mar. Así que pusimos rumbo a Amed, conocido como el pueblo del buceo en Bali. El trayecto, entre carreteras serpenteantes, templos escondidos y monos a los bordes de la carretera, ya fue toda una experiencia. Eso sí, hay que tener en cuenta que en Bali las distancias engañan: en el mapa parecen cortas, pero los trayectos en coche pueden hacerse interminables. Aun así, la expectativa de encontrarnos con el océano Índico —para nosotros que somos más de mar que las almejas— hacía que cada kilómetro mereciera la pena.
Llegamos a Amed, un pequeño pueblo de pescadores con playas de arena volcánica, y lo primero que hicimos fue correr (sí, literalmente) directo al mar para darnos un baño. Era de noche y no pudimos hacer snorkel, pero paseamos por la orilla entre barquitas y restaurantes hasta que nos animamos a probar nuestro primer arak (más Marc que yo, todo hay que decirlo). La cena fue un festín: calamares dulces y picantes, nasi goreng y gambas agridulces. Y cuando pensábamos que la noche se acababa ahí, nos cruzamos con unos chicos que tocaban la guitarra en la calle y terminamos en una improvisada fiesta que acabó cerrando el mítico Rasta Bar de Amed 😉
Al día siguiente, después de despertarnos con nuestras vistas a la selva desde la habitación, nos lanzamos al mar a hacer snorkel. Y allí vivimos la mayor explosión de color bajo el agua que habíamos visto jamás: peces de mil tonalidades, corales de formas imposibles, anémonas que parecían bailar con las corrientes y, para coronarlo, ¡una tortuga nadando junto a nosotros! La experiencia fue tan mágica que esa mañana se nos pasó el hambre… y hasta nos olvidamos de comer.
Los días en Amed transcurrieron entre ferias locales con timbas de juegos tradicionales y norias a pedales, mañanas de snorkel y paseos interminables en moto. La vida allí tenía ese sabor sencillo y auténtico que engancha, pero sabíamos que aún quedaban muchos rincones de Bali por descubrir. Así que, con la mochila de nuevo a la espalda y la carretera por delante, pusimos rumbo a nuestra siguiente parada.

🛕 Karangasem: tradiciones sagradas y paisajes de postal
Después de nuestra experiencia en Amed, llena de mar, snorkel, fiestas improvisadas y vida sencilla, pusimos rumbo a Karangasem, donde nos esperaban templos sagrados, arrozales infinitos y nuevas aventuras. Pero esa parte de la historia os la contaremos muy pronto…
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